El rapto de Europa

Sueño alemán, pesadilla europea

Artículo original   (por Arnaud Leparmentier) Traductora: Irene Guerrero de Oliveira

Son guapos, jóvenes y brillantes. Son los nuevos inmigrantes en Alemania. “Die neuen Gastarbeiter”, titula en portada el Spiegel. Estos “nuevos trabajadores invitados” ya no son los campesinos turcos de Anatolia de los años 60, venidos a hacer funcionar las fábricas de automóviles de la RFA. Son italianos, españoles, griegos o de Europa del Este. Titulados de las mejores universidades de sus países, forman “la joven élite de Europa para la economía alemana”.
Esta semana, el semanario alemán muestra una insolencia digna de su colega británico The Economist. Se mofa del mundo, así como Alemania se burla de Europa.

“Deutschland AG” se niega a deslocalizar sus fábricas, incluso aun perdiendo la batalla industrial. Su neoproteccionismo la ha llevado a bloquear la fusión entre Airbus y British Aerospace para proteger sus fábricas bávaras. Y ahí la tenemos saqueando los talentos latinos, los cuales afluyen para escapar a un paro endémico. El “sueño alemán” celebrado sin pudor alguno por el Spiegel es la pesadilla de Europa. En este contexto, ¿pro qué pegar gritos de indignación ante los resultados de las elecciones italianas del pasado día 25? Tras los “tecnos” a las órdenes de Angela Merkel, los populistas; tras “il Professore” Mario Monti, los tristes bufones Silvio Berlusconi y Beppe Grillo. La elección de los italianos es un áspero “no” a las recetas europeas, un rechazo a la poción de Merkel-Monti.

La portada del Spiegel lo confirma: este asunto parece una engañifa. Así, se acentúa la crisis de legitimidad política en una Europa prisionera del euro. El Viejo Continente es incapaz de volver a poner a cero los contadores de la competitividad mediante una buena devaluación. Todo debate sobre la paridad del euro respecto del dólar o del yuan se ve proscrita por Alemania. El ajuste se hace sobre el empleo y provoca un paro masivo, en Europa meridional pero también en Francia, que ha vuelto a sus niveles de 1997. Inexorablemente, los talentos se exilian.

Es el fracaso de Europa. El fracaso del euro. ¿Hacía falta firmar ese tratado de Maastricht (1992), que va al desastre? Después de tanto defenderlo, acabaríamos por dudarlo. Curiosamente, el tema sigue siendo tabú. En los años 1990, vendimos la moneda única asegurando que permitiría luchar contra las pretendidas devaluaciones competitivas de los países del Sur. Contrasentido total: la lectura inversa debería prevalecer. Las devaluaciones no eran más que bocanadas de oxígeno para compensar ex post el rodillo compresor de la industria alemana. Sin duda se tendría que haber hecho caso, entonces, a los avisos precoces de Gerhard Schröder. “¿Qué pasará cuando la herramienta de devaluación ya no esté disponible en España y en Europa y que la economía alemana se imponga en todos lados gracias a sus enormes beneficios de productividad con la moneda única?”, se preguntaba, desde 1997, el candidato socialdemócrata a la cancillería. Pero el “camarada de los patrones” y miembro del consejo de vigilancai de Volkswagen pasaba, por aquel entonces, por un horrible neo-bismarckiano frente al gran europeo Helmut Kohl, que había sabido hacer Alemania sin deshacer Europa. Gerhard Schröder era inaudible. En realidad, su desprecio por la Europa meridional, incapaz según él de resistir al euro, habría sin duda protegido mejor a los latinos que la voluntad de inclusión francesa, aparentemente generosa pero que se revela, a posteriori, tan devastadora.

El euro era un proyecto político, repetían machaconamente los franceses. Político: esta palabra mágica debía borrar todas las pegas. La economía se ha vengado, y la Europa meridional amenaza con hundirse en una crisis política y social.

Como malos jugadores, gruñimos contra los electores franceses y holandeses que no habían entendido nada al votar “no” a la Constitución Europea de 2005. Hoy, la amenaza es aún mayor. Pero fustigar a los italianos por su voto resulta tan irrisorio como Xerxes, rey persa, mandando azotar al mar por haber destrozado un puente en el Hellesponto. Son el segundo pueblo en rebelarse, detrás de los griegos, y no serán los últimos. Muy astuto será el que pueda predecir el resultado de los próximos escrutinios en Francia, entre una derecha parlamentaria en ruinas y una izquierda melenchonizada [de J.L. Mélenchon].

La alerta de los griegos, que por poco se dieron a los extremos en la primavera de 2012, fue seria. Las elecciones de mayo han consagrado la irrupción de los neonazis de Amanecer Dorado, mientras que el Pasok (Partido Socialista griego) era aplastado por la izquierda populista de Syriza. Sólo unas nuevas elecciones, organizadas un mes más tarde, bajo la amenaza de expulsión de la zona euro, permitieron formar una gran coalición preservada de los extremos.

La salida de la crisis italiana no está clara. En cualquier caso, señala el fin de la era de los gobiernos técnicos [sic], abierta con el G20 de Cannes en noviembre de 2011. la crisis del euro se encuentra entonces en su punto álgido, los traders apuestan por el fin de la moneda única. Angela Merkel y Nicolas Sarkozy precipitan la caída del primer ministro griego Georges Papandreu, culpable de haber querido organizar un referendum sobre el plan de rescate-rigor cuidadosamente elaborado en Bruselas unos días antes, así como la de Silvio Berlusconi. Son sustituidos por Lukas Papademos (noviembre 2011-mayo 2012), antiguo vicepresidente del Banco Central Europeo, y Mario Monti, “el más alemán de los economistas italianos”. ¡Un sueño bruselense! Estos gobiernos tecnocráticos son por definición efímeros, se supone que para paliar la dimisión de políticos incapaces de tomar las decisiones estimadas necesarias. “Los gobiernos tecnocráticos son la forma liberal de la crisis democrática, en el sentido que los tecnos siguen siendo amigos de la libertad”, comenta el especialista en populismos Dominique Reynié.

Caen una vez cumplida su misión -los primeros ministros tecnocráticos Lamberto Dini y Romano Prodi tenían por hoja de ruta la cualificación de Italia para la moneda única-. Pero Mario Monti no ha sabido sacar a su país del mal paso del euro, ni ganarse sus galones políticos bajando al ruedo. Las elecciones debían marcar una vuelta a la normalidad. Y abren, al contrario, el camino a lo desconocido. Se trata de un nuevo fracaso, italiano y europeo.

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